Agua de Mar · Salud Marina · Origen de la Vida

El Plasma de Quinton

El secreto de nuestros orígenes

 

Una lectura del libro de ANDRÉ MAHÉ

«El agua de mar cura todos los males del hombre.» Esta frase, atribuida por los griegos Eurípides y Platón, encontró confirmación científica gracias a un investigador francés llamado René Quinton (1867-1925), quien con rigurosidad absoluta nos acercó a la complejidad del océano como medio terapéutico.

En 1962, el escritor y divulgador francés André Mahé publicó Le secret de nos origines ("El secreto de nuestros orígenes"), una obra que rescata el pensamiento de Quinton y lo presenta al público con claridad, pasión y profundidad. La edición en castellano, publicada por Icaria editorial en 1999, lleva por título El Plasma de Quinton. El secreto de nuestros orígenes. El agua del mar, nuestro medio interno. Este artículo recorre las ideas centrales del libro.

"La célula es la expresión concreta de la idea abstracta de la vida."

— RENÉ QUINTON

Quién fue René Quinton

Quinton abarcó múltiples campos del conocimiento humano. Su formación humanista y científica lo llevó a ser considerado un sabio. Además de sus estudios en biología y fisiología, fue filósofo, héroe militar, mecenas y divulgador de la aviación, un entusiasta del humanismo de su tiempo.

En 1896, Étienne-Jules Marey, profesor de Historia Natural del Collège de France, quedó impresionado al oír a Quinton responder en pocos minutos a una pregunta que él mismo no había podido resolver en toda su vida: ¿Por qué vuelan las aves? Marey lo nombró asistente en el Laboratorio de Fisiología Patológica del Collège de France para que realizara experimentos de calorimetría animal. Allí Marey diría de él: "Quinton posee el genio de la experimentación, sabe escoger el experimento crucial."

La hipótesis vertiginosa: el medio interno es agua de mar

Mahé describe el momento en que Quinton concibe su gran intuición. Sabiendo que la primera célula apareció en el agua, a una temperatura aproximada de 44 °C, y que las especies más recientes han mantenido esa temperatura original, Quinton se pregunta: si la condición térmica se conservó, ¿por qué no también la composición química del medio?

"Cuando mi mente estableció esa afinidad —diría más tarde Quinton—, cuando trazó ese puente sobre los milenios, me dio vértigo..."

De esta intuición nacen las célebres Leyes de la Constancia, que Mahé enumera y explica en el libro:

Ley de la Constancia Térmica

Está basada en el estudio de las temperaturas animales contemporáneas y la sucesión de las formas animales paralela al enfriamiento progresivo del globo. Las especies más recientes mantienen la temperatura original de 44 °C de la primera célula.

Ley de la Constancia Marina

Rige la considerable cantidad de agua encerrada en el protoplasma. Estamos constituidos por el 70 % de líquido. Por elevado que se halle en la escala animal, el ser vivo permanece en un acuario marino donde sus células siguen viviendo en las condiciones acuáticas de la célula primitiva.

Ley de la Constancia Osmótica

Tiene en cuenta la presencia en el organismo de sales características del agua de mar, incluyendo los oligoelementos. Si la concentración de cloruro de sodio de nuestro medio interior es inferior a la del agua de mar, es porque frente a la concentración progresiva de los océanos la vida animal ha tendido a mantener la concentración original.

Estas tres leyes desembocan en una Ley General de la Constancia Original: ante todas las variaciones posibles a las que están sometidos los seres vivos a través de los tiempos, la vida animal —que apareció como célula en condiciones físicas y químicas determinadas— tiende a mantener, a través de toda la serie zoológica, esas condiciones originales para el funcionamiento celular óptimo.

1897: Los experimentos del Collège de France

Mahé dedica páginas memorables al momento en que Quinton se enfrenta a la verificación experimental. En el Laboratorio de Fisiología Patológica del Collège de France, en presencia de varios investigadores, lleva a cabo en 1897 una serie de pruebas que cambiarían la historia de la fisiología.

Experimento 1: inyecciones masivas de agua de mar

A un perro de 10 kg de peso, Quinton inyecta por vía intravenosa 6,6 kg de agua de mar isotónica (el 66 % del peso corporal del animal), sin ningún efecto tóxico. El doctor Hallion, miembro de la Academia de Medicina, repite el experimento y lleva la dosis hasta el extremo: 10,4 kg de agua de mar (el 104 % del peso corporal) durante 11 horas y 40 minutos. El equivalente a inyectar 62,4 kg de agua de mar a una persona de 60 kilos en 12 horas.

El resultado: el animal excretó 9,4 kg de orina (el 90,4 % de lo administrado), sin albuminuria, sin agitación, sin diarrea. El riñón realizó un trabajo 60 veces superior a lo normal. La eliminación renal fue perfecta. Los días sucesivos, el perro presentaba un aspecto más vivaz que antes del experimento.

Experimento 2: el perro "Sodio"

El experimento más célebre. Quinton desangra totalmente, sin precauciones de asepsia, a un perro de 10 kg, extrayéndole 425 gramos de sangre por la arteria femoral en 4 minutos. El reflejo córneo del animal queda abolido: está a un paso de la muerte. Inmediatamente le inyecta, durante 11 minutos, 532 centímetros cúbicos de agua de mar a 23 °C.

"He asistido en persona, con el Dr. Hallion, al primer experimento hecho por Quinton en el Collège de France —escribió más tarde Charles Jolliot—, y aún siento, pasados unos 35 años, el asombro de los tres cuando vimos volver a la vida y levantarse de nuevo sobre sus patas a este animal que venía de tan lejos."

El reflejo córneo reaparece. Al día siguiente el animal corretea por el laboratorio. Bautizado "Sodio" en recuerdo del experimento, viviría cinco años más, hasta morir atropellado por un tranvía en 1902. Mahé subraya un detalle revelador: en los experimentos de este género se observa siempre una "supervitalidad", como si el organismo hubiese encontrado en el agua de mar un aporte vital superior al de su propio medio interno sustraído.

Los Dispensarios Marinos: cuando la ciencia salvó vidas

A principios del siglo XX, la mortalidad infantil en Francia era dramática: cerca de 70.000 niños morían cada año por gastroenteritis, atrepsia (atrofia general del recién nacido) y cólera infantil. Quinton, al observar los resultados espectaculares del agua de mar inyectada en lactantes moribundos, sintió un deber moral.

Cuando Gustave Le Bon le invitó a escribir libros para su colección científica, Quinton respondió que tenía deberes más apremiantes: salvar vidas. El 26 de marzo de 1907 abrió su primer dispensario en la calle de l'Arrivée, cerca de la estación de Montparnasse en París, donde se administraban más de 300 inyecciones diarias.

Pronto se multiplicaron los Dispensarios Marinos: Lyon, Elbeuf, Nancy, Dunkerque, Pont-à-Mousson, Reims, Creil, Commercy, Brest, Saint-Denis... En el extranjero, Quinton fundó un dispensario en Alejandría con motivo de una epidemia de cólera, y se establecieron centros en Bélgica, Italia, Suiza, Holanda, Argelia y Estados Unidos. El más importante fue el dirigido por el doctor Jean Jarricot en Lyon, que llegó a realizar más de 150.000 inyecciones al año.

Testimonio de la época

"Una hora después del comienzo de su tratamiento, aparecen llenos de vida y están salvados."

— Parville, revista La Nature, 1907

Las palabras de Jarricot: un campo de acción sin límite conocido

En 1921, Jean Jarricot publicó Le Dispensaire Marin, un organisme nouveau de puériculture, una obra dedicada a Quinton que recopila más de una década de resultados con fotografías, gráficos y estadísticas. Mahé recoge sus palabras:

"El suero marino tiene un campo de acción sin límite conocido y es previsible que abarque toda la patología... El método marino se presta así a una ironía fácil para quienes desean juzgar los hechos mediante el razonamiento puro, como si el método experimental no existiese todavía. Estas mentalidades han demostrado y enseñado durante mucho tiempo que la sangre no circulaba. Fueron quienes durante mucho tiempo obstaculizaron a Pasteur y las nuevas ideas directrices de la biología."

— DR. JEAN JARRICOT, 1921

Jarricot describe lo que sucedía con los lactantes moribundos: "La regla es que una hora después de la primera inyección, el niño que llegó moribundo y que vomitaba absolutamente todo, retiene un biberón de agua, y una hora después el primer biberón de leche. (...) el niño aumenta fácilmente 500 g de peso en 24 horas tan sólo. Fija el agua en sus tejidos con avidez, con la misma facilidad que antes la dejaba escapar de su organismo."

Qué es el Plasma de Quinton

Mahé es preciso al definirlo: el plasma de Quinton no es un medicamento al uso, sino un caldo de cultivo exactamente adaptado a las necesidades de la célula viva. La introducción del agua de mar isotónica en un organismo cuyo medio vital está viciado equivale al aporte de un caldo nuevo en un cultivo microbiano viejo. De ahí se derivan todas las aplicaciones de la terapia marina, y por eso el simple suero artificial de cloruro sódico no produce los mismos efectos.

Para sus experimentos y tratamientos, Quinton emplea agua oceánica recogida en condiciones muy precisas y pura, diluida en agua natural muy escasamente mineralizada, esterilizada en frío al hacerla pasar por un filtro de cerámica (también llamado filtro de Chamberland o de porcelana), y guardada en recipientes de vidrio de farmacopea, sin contacto con metales.

El olvido y el regreso

René Quinton murió de una crisis cardíaca en 1925, a los 58 años, agotado por el trabajo y la guerra. En la cima de su gloria, sus dispensarios florecían y el laboratorio de Pessac, cerca de Arcachon, funcionaba a pleno rendimiento. Sin embargo, inexorablemente, a lo largo de los años, su recuerdo se desvaneció. Uno a uno los dispensarios cerraron y, en 1980, tras problemas con el Ministerio de Sanidad francés, se detuvo la elaboración del plasma.

Mahé cierra su libro con una afirmación que el tiempo se ha encargado de respaldar: "René Quinton pertenece a nuestro futuro. Pertenece ya a nuestro presente. El olvido que ha envuelto y quizá protegido su obra solo podía ser provisional. Esta inmensa estatua yaciente no está inmóvil para la eternidad: dormirá esperando su hora."

Para profundizar

El libro "El Plasma de Quinton. El secreto de nuestros orígenes" de André Mahé es lectura recomendada para todo aquel interesado en el agua de mar como medio terapéutico y nutricional.

Edición castellana: Icaria editorial, Barcelona, 1999.
Traducción del francés: Álvaro Altés. Título original: Le secret de nos origines.

Nota: este artículo tiene carácter divulgativo e histórico. Recoge el contenido del libro de André Mahé sobre la obra de René Quinton. No sustituye la consulta con un profesional de la salud.